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¿Por qué somos infieles?

¿Por qué somos infieles?

De acuerdo con un estudio de la Universidad de Montreal, a lo largo de su proceso evolutivo el Homo Sapiens, al contrario de lo que suele asumirse popularmente, ha tendido en la mayoría de sus etapas como especie a la monogamia, a partir de estudios genéticos realizados en tres poblaciones europeas, asiáticas y africanas diferenciadas. Entonces, si esto es cierto, ¿por qué somos infieles? No se puede generalizar, obviamente, pero la tendencia a la infidelidad y al cambio de pareja en la sociedad moderna es mayor que hace unos años. De hecho, hay estudios que afirman que los españoles, en concreto, nos situaríamos a la cabeza de Europa en tendencia a la infidelidad (otros, sin embargo, ponen al norte de Europa en cabeza).

Aumento de la esperanza de vida

Esta mayor tendencia a la poligamia, los ‘cuernos’ o las ‘canitas al aire’ puede estar íntimamente relacionada con el aumento de la esperanza de vida del ser humano. En efecto, los expertos consideran que en los tiempos de nuestros antepasados, en las cavernas, antes del fin de la vida nómada y del descubrimiento de la agricultura, las personas apenas superaban los 30-40 años de vida, un periodo en el que era perfectamente posible ver satisfechas las necesidades sexuales con una única pareja.

Los antropólogos determinan que lo que se conoce como monogamia social es un mecanismo por el que la madre naturaleza garantiza que los bebés humanos (probablemente las crías de mamíferos que más tardan en desarrollarse y valerse por sí mismas) tendrían en sus primeros años, tanto una madre que los alimentase como un padre que los protegiese. Por tanto, la monogamia sexual se habría ido asimilando a lo largo de los años a esta práctica.

La infidelidad es una construcción cultural

O, al menos, eso es lo que opina la periodista Pamela Druckerman, autora del muy recomendable libro Lust in Translation. En esta obra afirma que la tendencia a la fidelidad, o la infidelidad consumada, está relacionada con las diferentes sociedades. Así, por ejemplo, el puritanismo religioso estadounidense rechaza diametralmente el engaño, mientras que en países como Japón, el sexo con prostitutas no se considera ni siquiera infidelidad. En esta línea, una encuesta de IPSOS realizada en nuestro país apuntaba como resultados, entre otros, que la tercera parte de los españoles no creían que besar en la boca a otra mujer representase una infidelidad.

También el 66% de las mujeres y hombres no creían que lo fuera coquetear en el lugar de trabajo con alguien distinto de la pareja. Uno de cada 5 españoles y una de cada 10 españolas admitían, de acuerdo con el estudio, haber engañado en determinados momentos a sus parejas.

Cuernos por aburrimiento

En tiempos pretéritos se ‘justificaba’ la mayor propensión a la infidelidad de los hombres por la necesidad atávica, aún presente en lo más recóndito de nuestro cerebro, de garantizar la supervivencia de la especie mediante la dispersión geográfica de su ‘simiente’. Sin embargo, los científicos creen que las mujeres experimentan antes que los hombres lo que se conoce como deseo sexual hipoactivo, es decir, la falta de ganas de practicar el sexo con la pareja.

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